
Volver de un
Congreso de Psicodrama no es simplemente regresar a casa; es un aterrizaje con riesgo. Tras cuatro días intensos en Tarragona, en el marco del
15º Congreso Latinoamericano de Psicodrama, el mundo cotidiano se siente extrañamente silencioso.
Del 15 al 18 de octubre, compartí espacio y tiempo con más de 500 personas. Una «cuadrilla de lunáticos», simpáticos y amables, con quienes me sumergí en la experiencia colectiva. Han sido jornadas de saltar, gritar, llorar y reír. Días de talleres donde no solo tuve la oportunidad de observar cómo trabajan otros colegas y aprender de su maestría, sino también de asomarme a algunos recovecos propios que aún pedían ser mirados.
Sin embargo, más allá de la técnica y el aprendizaje, lo que realmente me alcanza el alma son los abrazos.
Esos encuentros con personas que han ido acompañando mi recorrido profesional a lo largo de los años. Es en ese contacto físico y emocional donde el psicodrama cobra su sentido más puro: el encuentro verdadero.
Traigo de Tarragona el corazón lleno de esas historias compartidas y la calidez de los que, como yo, creen en el poder de la escena para sanar.
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